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Beyond Boundary Limits

Globalización: “tendencia de los mercados y las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales” (DRAE 2006, 23ª edición). Según el FMI, la globalización respondería a la “interdependencia económica creciente del conjunto de países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales, al tiempo que la difusión acelerada de generalizada tecnología.”

Definiciones diversas, así como apuntes a su nacimiento son innumerables hoy en día. Se habla no sólo de un proceso espontáneo ocurrido en un momento determinado por eventos de la historia más reciente, sino que ha sido llevada incluso al nivel de Teoría del Desarrollo.

Indudablemente, sea un proceso o una teoría, resulta ya un hecho incuestionable a tenor de los inagotables avances de las tecnologías de la información, la creciente circulación de capitales, bienes y personas.

Podemos entender que la globalización responde a un fenómeno natural de ordenamiento de las personas en pequeñas sociedades de cierta homogeneidad, que a su vez se unen en grupos mayores cada vez más heterogéneos pero más interdependientes económicamente. Esta interdependencia está basada en la primigenia necesidad de materias primeras por parte de sociedades convertidas en transformadoras y de otras especializadas en su comercialización y logística. El ciclo se cierra cuando las sociedades explotadoras reciben devuelta sus materias primeras transformadas en bienes necesarios para su bienestar y desarrollo.

Si bien no es ésta la mejor y más precisa definición de comercio, sí creo que dibuja con claridad la problemática que a continuación intento desarrollar.

El concepto de globalización entendido en el ámbito de las definiciones precedentes es reciente. Quizás date de la caída del Muro, el fin de la Guerra Fría o el nacimiento de Internet. En todo caso, nos referiríamos a finales del siglo XX. Pero aparece en escena un concepto que empezó a ser definido en 1576 por J.Bodin: la soberanía ("La souveraineté est la puissance absolute et perpetuelle d´une République que les latins apellent maiestatem.").

Si bien no vamos a entrar en la discusión de cuál ha de ser la definición correcta o incluso universal de la soberanía,  sí podremos tratarla como la facultad que cada Estado posee para ejercer el poder sobre su sistema de gobierno, su territorio y sus propios recursos, así como su población y el derecho que la rige.

Ambos conceptos son el resultado natural de nuestra ordenación social. Nos expandimos en cualesquiera de sus formas, comerciamos y mantenemos en la medida que nos es posible nuestra soberanía, la cual desearíamos fuese absoluta y perpetua.

¿Y dónde está esa delgadísima “línea roja” que separa un concepto del otro? ¿Dónde están los límites, las fronteras reales entre la necesidad de unos y otros y la soberanía de cada uno?

En todas las definiciones y críticas acerca de la globalización, resulta difícil encontrar referencias a los niveles de dependencia de las diferentes soberanías. Cuán más o menos es dependiente un estado de otro. Cuán más o menos son necesarias sus materias primeras, sus productos transformados o su distribución.

En la deslocalización de empresas, por ejemplo, no hemos podido definir aún cuánta pérdida de soberanía sufren el país que deslocaliza y el estado que la acoge. El primero, pierde el poder sobre su población y el segundo sobre su territorio, aunque ello suponga un beneficio para ambos, a pesar que uno se beneficiará más que el otro.

Los países productores de materias primeras tienen la soberanía sobre sus recursos pero son dependientes de otros estados poseedores de la tecnología y medios necesarios para su explotación. Quien ejerza el poder con mayor eficacia será más soberano que el otro.

La globalización, entendida como un fenómeno (no entraremos en su posición como un modelo de desarrollo) es un hecho implacable, mientras que la soberanía es un concepto relativo. Cedemos soberanía sobre nuestros recursos, pero mantenemos la soberanía sobre el territorio. Perdemos soberanía sobre una parte de nuestro capital, pero mantenemos la soberanía sobre cómo ordenamos el capital que nos queda.

Por lo tanto, si bien la globalización llega hasta el límite en que la soberanía toma el relevo, es esta última la que cede en favor de cómo el Estado desea o es capaz de ordenarse.

De cualquier forma, nuestro sistema de desarrollo está basado en la explotación de los recursos naturales, los cuales son transformados en bienes necesarios para nuestros bienestar y supervivencia. De ahí que en la medida que los recursos naturales se vayan agotando, se irá agotando nuestro modelo.

Los más eficaces ejercerán sus soberanías en detrimento de otras, en la búsqueda del equilibrio necesario para mantener niveles de desarrollo aceptables. Y el proceso de globalización modificará  su trayectoria en la medida que no afecte el desarrollo de las soberanías dominantes.

Países dependientes de alimentos como Japón o Libia, entre otros, se aprovechan de la globalización para mantener su soberanía alimentaria. Compran grandísimas extensiones de tierra en países como Brasil, donde intentan garantizar los recursos alimentarios para sus poblaciones. Los países vendedores pierden casi total soberanía sobre sus territorios, mientras que los compradores ganan soberanía sobre sus alimentos.

¿Dónde están los “boundary limits” entre globalización y soberanía: en niveles relativos de desarrollo? ¿Qué papel juegan los alimentos en el complejo modelo de nuestro desarrollo global? ¿Qué crisis será más dura: la crisis del petróleo o la crisis de los alimentos?

Dado el carácter relativo de la soberanía, la cual es absolutamente negociable, máxime cuando hace frente al fenómeno del desarrollo, estados y naciones poderosas, ricas y desarrolladas podrían empezar a perder soberanía alimentaria, dados sus niveles altos de globalización.

Rss